Aparece disfrazada de enfermedad, finales repentinos, vejez, cobardía. Cual ave de rapiña sobrevuela nuestro mundo para capturar a su presa y con su blindaje impenetrable esquiva a la esperanza, las súplicas y los conjuros. Nada aplazó su voluntad.
A su paso deja un dolor sin alivio, un el miedo constante a nuevas sacudidas, una sensación de derrota al convencernos de que su poder es perpetuo e indestructible.
Este domingo muchos hijos desafiamos a la muerte para besar a los padres desde otra dimensión: allí donde siempre palpitan, porque sincronizamos sus latidos con los nuestros.