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La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ya ha tomado la decisión sobre la nueva localización en la que se disputará la próxima edición de la Supercopa de España, tras "un periodo de trabajo y negociaciones en el que se han analizado hasta siete ofertas" de diferentes lugares.
Desde el año 2020, este torneo se disputa en Arabia Saudí, y así seguirá haciéndose tras renovar su vinculación hasta el año 2030. Sin embargo, en esta ocasión no se podrá celebrar en el país árabe, ya que organiza la Copa de Asia en fechas coincidentes, motivo por el cual se ha tenido que buscar una sede alternativa.
Así las cosas, Estambul ha sido la ciudad elegida para albergar la Supercopa de España en la próxima edición de 2027. Además, el torneo experimentará un cambio de fechas: en vez de disputarse en el mes de enero como en las últimas ocasiones, se traslada al mes de febrero. En concreto, el campeonato se llevará a cabo del 2 al 7 de febrero.
Como viene siendo habitual desde que este torneo se trasladó fuera de nuestro país, son cuatro los equipos que disputan este campeonato, a diferencia de las ediciones anteriores que tan solo enfrentaban a dos clubes.
Históricamente, este título se disputaba únicamente entre el campeón de Liga y el ganador de la Copa del Rey. Ahora, el cupo se completa con la presencia del campeón de Liga (F. C. Barcelona), el subcampeón de Liga (Real Madrid), el campeón de la Copa del Rey (Real Sociedad) y el subcampeón del torneo copero (Atlético de Madrid).
Por tanto, estos cuatro conjuntos se enfrentarán en las rondas de semifinales y en la gran final para alzarse con el trofeo de la Supercopa de España. Todos los encuentros se llevarán a cabo en el Estadio Olímpico Atatürk de Estambul. Todavía falta por conocer los emparejamientos, que saldrán de un sorteo.
Una nueva edición que volverá a disputarse fuera de España y que la RFEF justifica argumentando que el acuerdo «garantiza la continuidad de los beneficios que obtiene el fútbol español con la disputa de este torneo, beneficios que tienen como destino directo a casi mil clubes de todas las categorías, tanto masculinas como femeninas, de nuestro fútbol».
Esperpento en el Málaga-Fulham. Los dos equipos se disputaban el trofeo Costa del Sol en una magnífica noche de fútbol; al menos eso parecía al principio del partido. El equipo londinense se situaba por delante en el marcador con un 2-1 sólido, pero, al término del encuentro, el colegiado Ortiz Arias señalaba penalti a favor del Málaga, lo que acabó dinamitando la aparente tranquilidad de Arbeloa, técnico del Fulham.
Eneko Jauregui anotó el penalti que ponía el empate a dos y conducía a los dos equipos a la tanda de penaltis. Una tanda que nunca llegó a jugarse. Mientras los jugadores se disponían a repartirse el orden y los lanzadores, Álvaro Arbeloa se enganchaba con el árbitro y acababa expulsado.
La respuesta del conjunto inglés fue abandonar el encuentro y negarse a tirar los penaltis. Según han podido confirmar posteriormente a los medios, las razones radican en que "en el contrato" no venían incluidos los penaltis, algo incomprensible teniendo en cuenta la relativa importancia del partido. Sumando, según el club, que si se hubieran lanzado los penaltis no habrían llegado al avión de vuelta.
A pesar de terminar en tablas, el Málaga salió anoche vencedor del trofeo local por la ausencia del Fulham en los penaltis. Adelantó Sessegnon a los ingleses con un remate de cabeza al segundo palo, a lo que le siguió el gol de Chupe tras una buena carrera de Larrubia.
Ya en la segunda parte, el nigeriano Alex Iwobi conseguía el 2 a 1 que parecía dar la victoria para el conjunto británico. Hasta que una internada de Rafita golpeó en el brazo de Calvin Bassey y el Málaga consiguió empatar el partido desde los once metros.
La imagen final se convirtió anoche en algo inolvidable, pero del bochorno que se presenció en La Rosaleda. Arbeloa acababa expulsado, el Fulham retirándose al túnel de vestuarios y el Málaga tirando un penalti sin portero que daba la victoria al conjunto boquerón.
Hay carreras que duran dos minutos y dejan una huella para toda una vida. La de Mireia Belmonte en aquella noche de Río de Janeiro fue una de ellas. Diez años después, la nadadora todavía recuerda con una precisión casi intacta las horas previas, la tensión antes de lanzarse al agua, la remontada en los últimos metros y, sobre todo, aquel instante en el que tuvo que mirar primero el marcador de su rival para saber si había ganado.
El 10 de agosto de 2016, Belmonte se convirtió en campeona olímpica de los 200 mariposa. Llegaba a aquella final con una misión que llevaba años persiguiendo: conseguir el oro que le faltaba después de las dos platas conquistadas en Londres. Lo consiguió por apenas tres centésimas.
Una década después, en una entrevista con Raúl Granado en Radioestadio Noche, la nadadora ha regresado a aquella noche y a todo lo que vino después. Y su recuerdo no habla únicamente de una medalla. Habla de presión, soledad, sufrimiento, euforia y de la sensación de haber alcanzado aquello que había perseguido desde que tenía diez años.
Las horas anteriores a una final olímpica pueden parecer interminables. Para Belmonte, sin embargo, fueron todo lo contrario: una sucesión de rutinas destinadas a pensar lo menos posible. La nadadora explica que intentaba concentrarse únicamente en aquello que estaba bajo su control: la comida, el descanso, el calentamiento y cada uno de los pasos previos a la carrera.
"Te centras exclusivamente en lo que está en tu mano, en lo que puedes hacer y hacerlo de la mejor manera posible", recuerda.
Aquella mañana había entrenado en otra piscina para evitar desplazamientos innecesarios y preservar energías. Incluso la lluvia que cayó sobre Río aquel día se convirtió en un elemento más que había que gestionar. Desde que subió al autobús camino de la competición, todo cambió.
"Desde que me subí al bus para ir a la piscina ya era como que estaba en modo competición", explica. No había espacio para improvisar. La estrategia era mantener las rutinas y llegar a la final sin modificar nada de lo que había funcionado durante años.
La natación es un deporte colectivo durante buena parte del proceso, pero profundamente individual cuando llega el momento decisivo. Belmonte conoce bien esa contradicción. Se entrena con un equipo, se comparte el día a día con entrenadores, fisioterapeutas y compañeros, pero cuando llega la hora de colocarse en el poyete de salida desaparece cualquier posibilidad de esconderse detrás de otra persona.
"Es un deporte donde entrenas en equipo, entrenas acompañado, pero después cuando tienes que estar en el pódium de salida, estás tú solo", resume.
El momento más complicado, según cuenta, llegaba aproximadamente veinte minutos antes de la carrera. Era entonces cuando el entrenador la dejaba sola y comenzaba una cuenta atrás en la que los pensamientos podían convertirse en otro rival.
"Ahí también se puede ganar o perder una carrera", asegura. La solución era conocida: concentrarse en una misma y reducir al mínimo todo aquello que pudiera distraerla.
El contraste era brutal. Antes de competir, las rivales permanecían en una sala donde, aquella noche, reinaba el silencio. Después, la puerta se abría y aparecía ante ellas una piscina rodeada por miles de espectadores.
Belmonte compara aquel momento con el túnel de los gladiadores. Pasar de una habitación con dos contrincantes a un escenario con 20.000 personas era una experiencia que podía impresionar, pero la campeona olímpica había aprendido a aislarse del ruido.
"Yo en ese momento intenté centrarme simplemente en la piscina, no mirar alrededor", cuenta.
La estrategia estaba por encima del espectáculo. En una final olímpica no había tiempo para pensar en las banderas, en el público o en la magnitud del escenario.
La carrera tampoco comenzó como un camino sencillo hacia el oro. Madeline Groves tomó la iniciativa y marcó el ritmo durante los primeros metros. Belmonte, sin embargo, sabía que aquello entraba dentro de su estrategia. En los 200 mariposa, su fortaleza aparecía especialmente en la segunda mitad de la prueba.
La propia nadadora recuerda que en mariposa la visión es muy limitada y apenas existen referencias de las rivales. Por eso no podía saber exactamente a qué distancia estaba Groves, aunque intuía que permanecía cerca.
"Para mí era normal, estaba controlado, no aceleré más ni perdí la estrategia", explica.
Cuando llegó el ecuador de la prueba comenzó la remontada. Era el momento para el que había trabajado. Los últimos metros fueron, como sucede en una final de máxima exigencia, una batalla contra el propio cuerpo.
Belmonte reconoce que en mariposa el esfuerzo resulta especialmente extremo. Los hombros están agotados y la zona abdominal acumula el cansancio de la patada. En ese momento, la prioridad pasa por mantener la técnica hasta alcanzar la pared.
"Todo. La verdad es que sí", responde cuando Granado le pregunta si duele todo en esos metros finales. Pero el dolor no podía alterar la ejecución.
"Lo único que piensas es en no perder la técnica", señala. Y entonces llegó el momento que cambió su carrera para siempre.
El desenlace tiene un detalle que resume perfectamente la incertidumbre de aquella carrera. Belmonte tocó la pared sin saber con certeza en qué posición había terminado. Lo primero que hizo fue buscar el poyete de la calle de la australiana. Ella estaba en la calle cinco y Groves en la cuatro. Como durante la carrera apenas había podido tener referencias visuales, necesitaba comprobar dónde había terminado su rival.
"Vi dos luces y dije: vale, segunda no me he quedado", recuerda entre risas. Solo después miró el marcador y confirmó lo que había ido a buscar a Río: el primer puesto.
La explosión de alegría fue inmediata. En cuestión de segundos había pasado de no saber su posición a convertirse en campeona olímpica.
"Nunca has sentido tanta euforia en un momento", explica. Para Belmonte, aquel instante fue imposible de anticipar incluso después de haberlo imaginado durante años. La emoción terminó imponiéndose a cualquier guion.
El oro no significó el final de los Juegos para Belmonte. Al día siguiente tenía que volver a competir en los 800 metros libres. La celebración, por tanto, tuvo límites. La final de los 200 mariposa había terminado casi a las once de la noche y después llegaron la ceremonia, la rueda de prensa, el nado suave, el regreso a la Villa, la cena y el masaje.
Se acostó alrededor de las cuatro de la mañana y apenas unas horas después tenía que levantarse para disputar la eliminatoria.
Por eso tuvo que controlar la euforia. El objetivo era disfrutar del momento sin perder el ritmo competitivo.
Y, pese al esfuerzo que había detrás, Belmonte asegura que todo había merecido la pena.
"Sí, totalmente", afirma.
La razón estaba en la sensación de haber conseguido algo extraordinario después de años de sacrificio. En aquel momento, cuenta, no pensaba en las lesiones ni en los entrenamientos más duros. Solo existía la alegría de haberlo conseguido.
Una de las cuestiones más interesantes de la conversación aparece cuando Granado le pregunta por una sensación habitual entre algunos deportistas después de alcanzar el gran objetivo de sus carreras: el vacío posterior.
La respuesta de Belmonte es tajante. En su caso ocurrió exactamente lo contrario.
"No, yo totalmente lo contrario", responde.
Para ella, el oro significó una recompensa plena después de una carrera construida desde la infancia. No sintió que hubiera alcanzado el final de un camino y se hubiera quedado sin rumbo.
"Ya tenía lo que quería, lo que es mío, de mi vida desde que tenía diez años", explica.
Y añade una frase que resume cómo vivió aquel momento: "En ningún momento he sentido ese vacío, sino todo lo contrario, que estaba más llena que nunca".
Diez años después, Belmonte atraviesa una etapa diferente. Sus hombros están muy castigados después de tantos años de natación y reconoce que se encuentra en un momento de desconexión, intentando descubrir hacia dónde dirigir su camino. No significa, sin embargo, alejarse completamente del deporte.
Sigue entrenando, aunque ya no con la intensidad de antes. Aquellas nueve horas de entrenamiento que formaban parte de su rutina ya no son posibles.
"Mis hombros no pueden", explica.
La competición ha dejado paso a otra relación con el deporte, aunque la nadadora deja claro que continúa ligada a él.
El camino hacia el éxito tampoco estuvo libre de derrotas. Belmonte admite que ha vivido decepciones porque en el deporte no existe una fórmula matemática que garantice que el esfuerzo vaya a traducirse en resultados.
"Por muchas veces que inviertes, no te salen las cosas", reconoce.
Pero el balance que hace de su trayectoria es positivo. El deporte le ha enseñado disciplina, sacrificio y constancia, pero también a trabajar con otras personas pese a competir individualmente.
Le ha permitido viajar, conocer culturas y competir en algunas de las piscinas más importantes del mundo.
"El deporte ha sido mi vida y es mi vida", sentencia.
La conversación también viaja hasta la piscina donde Belmonte conquistó el oro. Granado le cuenta que aquella instalación fue desmontada después de los Juegos y que, desde diciembre de 2025, se encuentra instalada en un barrio de Río de Janeiro donde se ofrecen clases gratuitas de natación y aquagym.
Para Belmonte, esa transformación representa precisamente uno de los valores del movimiento olímpico.
La campeona defiende que las instalaciones construidas para unos Juegos no deberían terminar convertidas en estructuras gigantescas sin uso. Al contrario, considera que deben quedar al servicio de la población y permitir que el deporte llegue a personas que antes no tenían acceso a él.
"Es mejor que la gente la utilice, que la que más necesita y que el deporte pueda llegar a muchos de los rincones que a lo mejor antes de los Juegos no podía llegar", explica.
Diez años después de aquella carrera, la piscina ya no es únicamente el escenario de un oro olímpico. También puede ser un lugar donde otros aprendan a nadar y quizá comiencen a construir sus propios sueños deportivos.
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