“Mientras me decía estas palabras, estaba yo con los ojos puestos en tierra, y enmudecido.” Daniel 10: 15
Daniel, físicamente, había recuperado parte de su fuerza, pero su mirada permanecía hacia el suelo y sin poder hablar. Él estaba totalmente asombrado, sin saber que decirle a un ser mucho más superior a él, como lo era el ángel Gabriel. Esta escena nos demuestra la experiencia física de una profeta ante una visión de Dios
El don del habla es maravilloso y la carencia del mismo es una desgracia terrible. Pero hay momentos donde simplemente no podemos hablar. En el libro de Isaias leemos “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.”( Isa 53: 7) Jesús en las horas últimas de su vida sufrió terriblemente, pero no abrió su boca para defender su inocencia. Su ofrenda por nosotros fue completa. Esto demuestra que su sacrificio fue voluntario, no hablo porque decidió no hacerlo, no porque no pudiera hacerlo. Con su sabiduría podría haber evitado la sentencia, con su poder pudo haber resistido la ejecución. Pero él era el cordero de Dios, y como tal enmudeció delante de sus trasquiladores. Aquí podemos ver una pequeña demostración de sus paciencia, de su mansedumbre, de su obediencia a la voluntad de Dios, pero sobre todo, de su amor por cada uno de nosotros.