El Señor dice que lo que hace puro al hombre es la limpieza de su corazón (cfr. Mc 7, 14-23); y que los que tienen puro el corazón son los que pueden ver a Dios (cfr. Mt 5, 8). A Dios se le puede ver en la cosas diarias, si nuestro corazón es sencillo, si no está manchado por la codicia, que hace que prefiramos el sexo, el dinero o el poder antes que a Dios.