En una nota en la sección Economía y Mercado del diario El País, el doctor Alejandro Cid presentó los resultados de tres especialistas que llegaron a la conclusión, basada en datos, de que “las mejoras en la educación durante la primera infancia llevan a una reducción importante del comportamiento delictivo en la adultez”.
A esta conclusión llegaron estos tres profesionales, porque, tras la aplicación de dos planes, el Head Start y el Smart Start, compararon la vida adulta de aquellos niños que por distintas razones no tuvieron la oportunidad de ser parte de los programas y lo que sí lo hicieron.
John Anders de Trinity University y uno de los firmantes del estudio, señaló que la tasa de ser declarados culpables de delitos es 20% inferior para los adultos que siendo niños fueron invitados a participar de Head Start o Smart Start. Y los efectos positivos se constatan sobre todo en las áreas más pobres de la ciudad.
Los resultados de la investigación sugieren que el mecanismo detrás del éxito de Head Start y Smart Start es que, cuanto mejor sea la educación en primera infancia, mejores serán las habilidades no cognitivas de los niños (estabilidad socioemocional, capacidad de relacionamiento, resiliencia, etc.). Y estas habilidades no cognitivas serán luego fundamentales en la vida adulta para evitar caer en el delito.
Otro fragmento del estudio, señala que “algunas estimaciones sugieren que impedir el desarrollo de una sola carrera criminal podría resultar en hasta 100 víctimas menos de la delincuencia cada año”.
Esta nota cruza dos temas bien irritantes de la realidad uruguaya: la pobreza y la criminalidad.
Según datos de INE, la pobreza en el primer semestre de 2022 se estimó en 10,7% y el núcleo es en menores de 6 años: se registra un 22,5%. De 6 a 12 años, ese dato se ubica en el 18,5. Y según datos del Ministerio del Interior, en 2022, en nuestro país se registraron 383 homicidios, 113000 hurtos y 23000 rapiñas.
¿Qué podemos tomar como enseñanza de ese estudio?