Hoy quiero hablar de una tensión que muchos papás conocemos muy bien. A veces siento que, para que mis hijos me respeten, necesito endurecerme, elevar la voz o demostrar quién tiene el control. En otros momentos siento culpa, miedo a lastimarlos o temor de que se alejen de mí. Entonces cedo, cambio el límite o permito algo que internamente considero inconveniente.
Así puedo pasar de un extremo al otro: Del control a la culpa. De la rigidez a la permisividad. De “aquí se hace lo que yo digo” a “hacé lo que querás para evitar un conflicto”. La Disciplina Positiva propone un camino diferente: ser amable y firme al mismo tiempo. La amabilidad protege la dignidad y la relación. La firmeza protege la seguridad, los acuerdos, las necesidades familiares y las habilidades que mis hijos necesitan desarrollar.
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