Asociamos la locura al estado temporal de descontrol, a la pérdida de protocolo y normalidad, como una excepción a nuestra verdadera personalidad. “No y me volví loquita la otra vez” partimos contando cuando dejamos la cagada, cuando no nos aguantamos el exceso, el hacer daño propio o ajeno, la obsesión y el deseo carnalizado sin mesura.
Las consecuencias del descontrol de impulsos no alcanzan a dispersar las ganas de perder la cordura, de dejarse llevar, de tirar esa mochila de correctitud moral por un momento, de sentirse liviane sacando por fin la ira, rabia, odio o también el consumismo, los celos o enamoramientos fugaces que nos hacen tomar decisiones irracionales.
Dejarse llevar por los impulsos saca a la luz los deseos más sinceros y quizás los más truculentos. La mayor parte de las veces relegamos esos impulsos a las fantasías, las convertimos en pajas mentales, pensamientos rumiantes a salvo de la vida real, hasta que un click nos lleva a ejecutar.
Mucha gente vive por ese primer instante, esos segundos adrenalínicos posteriores al impulso. Ese atracón de compras, ese sexo descuidado con un desconocide, ese computador hecho trizas de pura rabia, ese liberador combo en la pared a solas, ese griterío con frases imposibles de reparar, ese vidrio quebrado que materializa una emoción interna.
Descontrolarnos parece algo malo, inmaduro e insensato. Pero si lo miramos al revés, vivir controlados parece una cárcel. Sería muy raro y quizás insano, quedarse contenido por tanto tiempo.
Hoy en PERO QUÉ NECESIDAD escarbamos en los impulsos, los atracones y el exceso como parte de nuestra normalidad.