Cuando Juan el Bautista vio a Jesús que caminaba hacia él, dijo a la multitud:
"¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!" (Juan 1:29).
Desde el comienzo del ministerio de Jesús, estaba claro que Jesús lograría la expiación, quitándonos, cubriéndonos y limpiándonos de nuestro pecado, para que pudiéramos reconciliarnos con Dios.
Para que la expiación se convierta en un acto completo de (re) unión, se deben eliminar dos cosas que nos separan de Dios:
1. Nuestro pecado.
2. Ira de Dios.