Nuevas tecnologías para pausar el proceso de la muerte y lograr la resurrección de algunos órganos
En los laboratorios de la Facultad de Medicina de Yale, un equipo de investigadores, ha conseguido una hazaña que parece imposible.
Mantener vivas células del cerebro de personas que llevaban varias horas muertas.
Habían donado su cuerpo a la ciencia.
Parece cosa de modernos Frankensteins.
De momento, no se trata de una resurrección completa, pero el resultado es asombroso.
Han hecho que alcancen un estado intermedio.
Donde las células cerebrales continúan con su actividad metabólica: produciendo proteínas y manteniendo funciones básicas.
Hasta ahora, se suponía que perdíamos esas funciones, irreversiblemente, tras la muerte.
Por suerte, no es así.
Hay mucho valor potencial en esta investigación.
El equipo utiliza un sistema llamado Brain Ex.
Esta revolucionaria tecnología surgió de un experimento, realizado en 2019, con cerebros de cerdos.
Las cabezas de 32 de ellos fueron sacrificados para el consumo de carne del matadero local.
Cuatro horas después, los investigadores extrajeron sus cerebros del cráneo.
Conectaron los vasos sanguíneos de la masa encefálica inerte a unos tubos.
Y les bombearon un cóctel especial de agentes preservantes.
Su corteza cerebral pasó de gris a rosa.
Muchas de sus células comenzaron a producir proteínas.
Es decir, mostraron signos de actividad metabólica indistinguibles de los de las células vivas.
Restauraron funciones celulares básicas.
Esta reactivación incluyó a miles de neuronas.
Con todo, no se puede decir que despertasen.
Las células estaban metabólicamente activas pero no podían comunicarse con otras mediante sinapsis.
Los cerebros no estaban conscientes porque los investigadores les dieron sedantes.
En definitiva, que no podía decirse que estuvieran vivos ni tampoco que estaban muertos, en un sentido tradicional.
Este experimento ha sacudido los cimientos de lo que creíamos sobre la muerte.
Los avances no se han detenido ahí y la resurrección podría estar cada vez más cerca.
En 1952 una epidemia de polio en Copenhague impulsó el uso del ventilador mecánico.
Por primera vez, la medicina pudo mantener con vida a pacientes que no podían respirar por si mismos.
En 1968 Harvard definiría la muerte cerebral.
Estableciendo los criterios específicos para declarar el ‘coma irreversible’.
En el 2023 Jimo Borjigin de la Universidad de Michigan documenta la ‘tormenta de la conciencia moribunda’.
Lejos de apagarse, el cerebro muestra una explosión de actividad consciente.
Y dura hasta seis minutos después de que el corazón deje de latir.
Ahora, este equipo de Yale, con su OrganEx, restauran funciones vitales en cerdos.
Hasta siete horas después de la muerte.
Su corazón vuelve a contraerse, el cerebro reanuda su metabolismo y los genes de reparación celular se activan.
Ya está siendo probado en humanos.
De momento, únicamente para los donantes de órganos.
Esta tecnología permitirá mantener los órganos viables durante más tiempo para trasplantes.
Mientras tanto, la Universidad de Friburgo en colaboración con la start up Resuscitec, han creado Carl.
Las siglas en inglés de reperfusión corporal integral y automatizada.
La perfusión significa el aporte artificial de sangre y oxígeno.
Gracias al Carl, pueden mantener vivo todo el cuerpo durante el proceso de reanimación.
Dando a los médicos más tiempo y mejores opciones para salvar vidas.
Cuando alguien sufre un paro cardiaco masivo fuera del hospital y sin atención inmediata, las posibilidades de que sobreviva son de un 10 por ciento.
En el ensayo practicado con el Carl, el 42 por ciento sobrevivió.
Y el 79 por cien recuperó su función cognitiva normal.
Todos estos avances pueden redefinir la frontera entre la vida y la muerte.
La carrera por encontrar el modo de darle a la pausa durante la muerte, se acelera en muchos frentes.
En la Universidad de Maryland prueban con la hipotermia terapéutica.
Enfriando rápidamente a pacientes con trauma severo para ganar tiempo crítico para la cirugía.
En Harvard han logrado inducir un estado de animación suspendida, similar a la hibernación.
Han usado donepezilo, un fármaco para el alzhéimer.
Son progresos que podrían transformar la medicina de emergencia.
Al final, las células no quieren morir.
Un millar de genes permanecen activos, días después del fallecimiento.
Estos genes llegan a aumentar espectacularmente su actividad.
Muchos de ellos están involucrados en el desarrollo embrionario temprano.
Luego permanecen dormidos durante toda la vida adulta.
Otros guardan relación con el estrés celular, la inflamación o la inmunidad.
Y…los más intrigantes…con el cáncer.
Es como si en los últimos instantes con vida, el organismo activara todos sus sistemas de emergencia.
En un intento desesperado por mantenerse a flote.
Primero fueron los desfibriladores, luego las técnicas de reanimación cardiopulmonar y ahora las modernas máquinas de perfusión.
En conclusión, seguimos en constante evolución, retrasando el proceso de la muerte.
Hasta que lleguemos a presionar el botón de ‘pausa’.