La decisiva lucha por las patentes CRISPR.
57.000 millones y el futuro de la humanidad en juego.
Jennifer Doudna y Emmanuell Charpentier son las dos científicas que ganaron el Premio Nobel de Química en 2020 por desarrollar el CRISPR.
Las siglas de la revolucionaria herramienta de edición genética.
Ahora, están retirando sus propias patentes sobre el invento.
Es algo inesperado, teniendo en cuenta que protegen los derechos del hallazgo biotecnológico más importante y lucrativo del siglo.
CRISPR es la patente de patentes, la llave maestra de la biotecnología.
Una herramienta capaz de reescribir el código genético con la misma facilidad con la que editamos un texto en el ordenador.
Su impacto potencial va mucho más allá de las terapias génicas.
Determinará cómo combatiremos el hambre con cultivos resistentes a la sequía.
O cómo produciremos combustibles limpios con microorganismos modificados.
Incluso, cómo curaremos enfermedades intratables.
Por lo tanto la decisión de sus creadoras, ha sacudido al mundo de la biomedicina.
Una junta técnica europea dictaminó en agosto que su primera solicitud de patente era defectuosa.
Según el tribunal, no explicaron su invención lo suficiente como para que otros investigadores pudieran usarla.
La respuesta del equipo legal de las galardonadas ha sido drástica.
Cancelar, voluntariamente, dos de sus patentes europeas más importantes, antes de que un tribunal las invalide.
Doudna y Charpentier no le están regalando su invento a la humanidad.
Sino que están maniobrando de nuevo en una lucha que ya dura una década.
En un bando están las premios Nobel y sus instituciones: La universidad de California y la de Viena.
En el otro extremo, se halla el poderoso Broad Institute, un prestigioso laboratorio.
Es el mayor centro de investigación genética de América, una colaboración entre el Mit y Harvard.
Feng Zhang es el que lidera el Broad Institute.
Veamos qué sucede con más detalle.
En 2012 las dos descubridoras publicaron cómo se podía usar el CRISPR para editar ADN.
Mientras, Zhang, un joven investigador del Mit que emigró desde China, trabajaba a toda velocidad en su laboratorio.
Seis meses después, Zhang anunció que había logrado algo que las premiadas aún no habían conseguido.
Hacer funcionar el CRISPR en células humanas.
Este logro le permitió, en 2014, conseguir la primera parte de la patente en Estados Unidos.
Lo que está en juego es el control comercial de una tecnología que está transformando la medicina.
Y que mueve miles de millones de dólares en licencias.
Por ejemplo: Vertex Pharmaceuticals logró aprobar el primer tratamiento médico basado en el CRISPR.
El fármaco Casgevy para la anemia falciforme, una enfermedad hereditaria.
Vertex pagó 50 millones de dólares de entrada para poder usar la tecnología.
Y tendrá que pagar más en el futuro.
Además, hay muchas licencias relacionadas con este invento.
Más de 11.000 familias de patentes protegen diferentes aspectos de esta tecnología y sus derivados.
Y esto es solo el principio, porque la edición genética no deja de avanzar.
En 2016, David Liu, un biólogo molecular del Broad Institute, desarrolló los ‘editores de base’.
Se trata de una versión mejorada que funciona como un lápiz de goma.
Capaz de borrar y reescribir letras individuales en el código genético.
En el 2019 el mismo Liu dio otro paso más.
Una herramienta que actúa como un procesador de textos.
Y permite reemplazar secuencias genéticas completas, con una precisión sin precedentes.
Esta última tecnología tiene el potencial de corregir el 89 por ciento de los más de 75.000 errores genéticos que causan enfermedades en los seres humanos.
El sistema actual de patentes no vende licencias a cualquier empresa interesada en desarrollar tratamientos.
Esto hubiera permitido una mayor competencia y precios más bajos.
En su lugar, las universidades optaron por vender derechos exclusivos a compañías fundadas por sus propios investigadores, spin offs.
Estas Spin-offs a su vez, licencian sus tecnologías a otras compañías, a cambio de acuerdos financieros.
Así se aseguran un flujo constante de ingresos.
Sólo en Estados Unidos hay 20.000 pacientes con anemia falciforme que podrían beneficiarse de esta técnica.
Con un precio estimado de 3 millones de dólares por paciente.
Ya hemos visto que el caso CRISPR es especial, sus aplicaciones se extienden mucho más allá de la medicina:
Desde cultivos modificados para resistir el cambio climático, pasando por microorganismos diseñados para producir biocombustibles o animales editados genéticamente para trasplantes.
CRISPR, la inteligencia artificial y los implantes neuronales están desdibujando los límites de lo que significa ser humano.
Por primera vez en la historia tenemos herramientas para reescribir el código de la vida misma.
Algunos lo han denominado: Jugar a ser Dios.
En otras palabras, modificar la esencia biológica de nuestra especie.
La batalla legal está lejos de terminar.
De momento, el Broad Institute mantiene el control de las principales licencias.
Mientras tanto, los primeros tratamientos ya están llegando y hay decenas de ensayos clínicos en marcha.
Como siempre, el desafío está en garantizar que este logro beneficie a toda la humanidad.
Y no solo a quienes puedan pagarlo.