En la villa de Toulouse vivía un hombre bueno que, aunque pecaba, tenía siempre gran fe en la Virgen gloriosa, y esta piadosa Señora le demostró bien que le tenía buena voluntad.
El buen hombre, consciente de haber pecado, fue a confesar una vez; terminada la confesión, su abad le impuso como penitencia que se dispusiera a ir a Santiago portando un bordón de hierro de veinticuatro libras de peso, el cual, de un modo u otro, a cuestas o en la mano, habría de llevar hasta depositarlo ante el altar del Apóstol sin ocultarse de nadie.