Mi padre vivió en sus últimos años en un estado mental nebuloso. Parecía un crío en ocasiones. A veces, cuando veo a mis hijos, pienso que los niños viven en un paisaje mental sumamente complejo, espeso como el camino que baja desde Toba hasta la vega. Luego pienso -y temo- que creemos ganar algo cuando, al crecer, vamos despejando ese paisaje del follaje y el desorden exuberante. Y hasta parece que lo conseguimos unos años, porque el bosque todo nos parece a veces despejado. Con los años y agotados, la mala hierba y las enredaderas lo desordenan todo de nuevo, y en nada se parece la cabeza a aquel vergel. Qué empobrecida y desarraigada resulta la vida entonces, sin los sagrados y preciosos recuerdos de la infancia.
A mi me gustaría pensar que la última vez que acudimos juntos al Teatro Real vinieron a su memoria los brazos de su abuelo antes de entrar con él al teatro. Y hasta es posible que escuchara en su cabeza la trompa de su abuelo siguiendo la partitura de Don Ricardo (Wagner, claro)
Hoy al hacer el programa he recordado a mi padre. Me colaba en ese mismo Teatro. He recordado al acomodador al él dejaba algo secretamente en la palma de la mano. Aquel señor de traje azul engalanado, que a mi me parecía un militar de alto rango, a cambio de esa moneda me regalaba una butaca y un programa.
Lo último que escuché con mi padre fue el coro de peregrinos del Tannhäuser. He querido en este programa llevar al valle aquel mundo de la temprana infancia de mi padre y la mía, mis reminiscencias y las suyas. La música como hilo conductor de las generaciones. La música como legado y como memoria común.