Desde aquella alcazaba de Monte Arruit, sitiada por los rebeldes rifeños, la mente del joven Gabriel viajaría en un retorno gozoso al valle lleno de verdor y agua en el que había crecido, a orillas del Ebro. Soñaría con el colorido cambiante de las choperas y la exhuberancia de huertas y frutales. Es seguro que los pensamientos de aquel chico de veinticuatro años oscilaban como un péndulo entre la vida y la muerte, entre el recuerdo y la realidad. Pensaba en su padre, Emeterio, que estaría en la taberna que regentaba en Puentearenas. Su hermano Vicente andaría también por allí, aprendiendo el oficio de tabernero y comerciante. Habrían celebrado ya la fiesta de Santiago y, en aquellos días de la canícula, la gente del pueblo saldría por la noche a tomar la fresca y a beberse a gusto una chato de tinto o un albillo en la taberna.
Gabriel, viendo su muerte inevitable y cercana, pensó en escribir una carta que, de algún modo, llegara a Puentearenas, pues el muchacho sentía la necesidad de despedirse dignamente de la vida, y de hacer saber a su padre y a su gente todo lo que a él en aquellos momentos le estaba sucediendo y cuáles eran sus preocupaciones, sus sentimientos y anhelos. (Seguir leyendo aquí).
Mertxe García Garmilla