Caminos de Valdivielso, transitados durante siglos por tantos hombres y mujeres, ¿a cuánta gente habréis olvidado? ¿O solo las personas olvidamos? Tal vez tengáis buena memoria y recordéis a un hombre sencillo y afable que, hace ya cincuenta años, y también algunos más, caminaba en verano de pueblo en pueblo, por el valle y por toda la provincia, calzando unas simples sandalias y vestido con un viejo hábito de lana. Para muchos de los que le conocimos, aquel hombre es inolvidable.
Desde luego, su llegada a nuestra casa era un gran acontecimiento. Nos visitaba una o dos veces en todo el verano. Aparecía hacia el mediodía, y mi abuelo le recibía con abrazos y con una gran emoción. Se sentaban juntos en el comedor del primer piso, una habitación que en época de veraneo servía también de dormitorio, pero aquel día se convertía en el lugar de encuentro de Valentín Garmilla con su primo, el Hermano Lázaro. Los dos hombres solían estar conversando sin pausa durante horas. Los niños, alborotados y con una gran curiosidad, subíamos y bajábamos la escalera, y corríamos de una lado a otro, intentando asomar la nariz cada vez que se abría la puerta del comedor, para poder contemplar a aquel visitante excepcional. Entretanto, la abuela se esmeraba en la cocina, y mi madre era la única que entraba a la habitación, porque ella era la encargada de poner la mesa y servir un plato tras otro al invitado y a su anfitrión. Por la tarde, una vez terminado el almuerzo y tras la larga sobremesa, sí podíamos los niños entrar a hablar con el Hno. Lázaro.
...Seguir leyendo en www.radiovaldivielso.es Texto: Mertxe García Garmilla