"La primera vez que volví a Quecedo, después de muchos años sin veranear en el campo, me llamó la atención el silencio. Yo recordaba un pueblo donde, aunque fuera la hora tórrida de la siesta y las calles estuvieran desiertas, siempre se oía algún mugido, rebuzno, ladrido, relincho, cacareo, maullido, gruñido, balido… y, de vez en cuando, el magnífico y sonoro canto de un gallo.
Las piedras de las calles y los caminos valdivielsanos puedo sentirlas todavía bajo mis pies pequeños, que ya no lo son. Y siento el pelo o las plumas de los animales en mis manos pequeñas, aunque estas crecieron hace ya mucho tiempo. En uno de mis recuerdos recurrentes más antiguos (tendría yo tres o cuatro años), vuelvo hacia nuestra casa desde la carretera, entrando al pueblo, no por la calle principal que empieza en las casas de los maestros, sino atajando por la chopera. Cruzo un arroyo, apoyando los piececitos en las piedras para no mojarme, y subo corriendo por un camino flanqueado a la izquierda por un alto muro de piedra que casi tapan las madreselvas. A la derecha baja la agüera, escondida bajo una vegetación muy tupida de ortigas, malvas y unas florecitas de color rosa que me encantan. Al final de este camino, echado ante una maciza puerta tachonada de clavos, bajo un gran arco de piedra, me espera el Cuco, que pone tiesas sus orejas y gira la cabeza para mirarme, con ese jadeo y esos gemidos que hacen los perros cuando se ponen muy contentos." Seguir leyendo en www.radiovaldivielso.es
Texto: Mertxe García Garmilla