... Pero, vamos a concretar un poco lo que era entonces la biblioteca de Quecedo. Desde luego, era modesta. No habría más de 300 ó 400 libros. Estaba en el ayuntamiento. Según se entraba al portal, lo primero que se veía, al fondo, era el calabozo, de piedra, cerrado por una reja grande que iba de pared a pared, oscuro y lleno de telarañas, como guardando la ausencia de un conde de Montecristo que se habría fugado de allí mucho tiempo atrás. En el primer piso se encontraba el telégrafo, justo enfrente de la habitación que albergaba la biblioteca y la hemeroteca. Ignoro quién organizaba las adquisiciones y con qué criterio, pero estaban allí todas las obras que habían recibido hasta entonces el Premio Nacional de Literatura, con autores tan notables como Ana Mª Matute, Manuel Halcón, Luis de Castresana, Carmen Laforet o Miguel Delibes, y otros cuyos nombres se han olvidado ya, porque se eclipsaron después de un momento de gloria. También había libros de cuentos infantiles e incluso algunos de filosofía. Por ejemplo, gracias a la biblioteca de Quecedo, leí en mi adolescencia una obra del jesuita Padre Quiles titulada “El existencialismo”, y lo hice con gran interés, porque me gustaba mucho Juliette Gréco, y también porque en un viaje a París había visto por los bulevares muchos chicos jóvenes vestidos de negro, y la gente decía: “Esos son los existencialistas”. No sé si el Padre Quiles aclaró mis dudas sobre la movida parisina, aunque supongo que su libro sería una buena base para lecturas posteriores... (leer el texto completo en www.radiovaldivielso.es) Mertxe García Garmilla