El capítulo de hoy nos presenta una realidad sorprendente: los propios hermanos de Jesús no creían en Él. Habían crecido a su lado, habían visto su carácter y conocían su vida mejor que muchos otros, pero la cercanía no los volvió en personas de fe.
De hecho, cuando le dicen: “Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces” (Juan 7:3), parecen estar animándolo, pero Juan aclara inmediatamente: “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (v. 5). Es decir, sus palabras estaban motivadas por la incredulidad y la ironía. Pero Jesús no vino para satisfacer la curiosidad ni las expectativas humanas. Él actuaba según el tiempo y la voluntad del Padre.
Aquí encontramos una advertencia seria: conocer acerca de Jesús no significa necesariamente creer en Jesús. Podemos conocer la Biblia, asistir a la iglesia, escuchar sermones e incluso hablar de Cristo, y todavía resistir su autoridad sobre nuestra vida.
Más adelante, en Juan 8, encontramos algo todavía más inquietante. Juan dice que muchos creyeron en Jesús. Sin embargo, cuando Él comienza a hablarles de permanecer en su palabra, conocer la verdad y ser verdaderamente libres, la conversación rápidamente se transforma en confrontación. ¿Por qué Jesús fue tan directo con personas que aparentemente habían creído? Porque Jesús nunca confundió una reacción favorable con una conversión verdadera.
Él les dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31). La palabra clave es permanecer.
La verdadera fe no se demuestra solamente cuando admiramos a Jesús, sino cuando aceptamos su palabra incluso cuando nos confronta. Aquellos hombres estaban dispuestos a creer mientras Jesús confirmara la imagen que tenían de sí mismos. Pero cuando Jesús les dijo que necesitaban ser liberados, respondieron indignados: “Jamás hemos sido esclavos de nadie”.
Ahí quedó expuesto el problema: Querían un Mesías, pero no querían admitir su esclavitud. Querían escuchar a Jesús, pero no querían que Jesús diagnosticara su corazón.
Y Cristo no suaviza la verdad para conservar seguidores.
Ese mismo peligro existe hoy. Podemos decir que creemos en Cristo y, sin embargo, resistirlo cuando toca nuestro orgullo, nuestros hábitos, nuestros resentimientos, nuestra manera de tratar a otros o algún pecado que no queremos abandonar.
Jesús no busca admiradores. Busca discípulos. Sus hermanos tuvieron que aprenderlo. Aquellos judíos también tuvieron que enfrentarlo. Y nosotros debemos hacernos la misma pregunta:
¿Creo realmente en Jesús, o solamente creo en un Jesús que nunca contradice lo que yo quiero?
La fe verdadera comienza cuando dejamos de pedirle a Cristo que se adapte a nosotros y permitimos que su Palabra nos transforme a nosotros. Porque el verdadero discípulo no solamente escucha la verdad. Permanece en ella. Que el Señor te bendiga.