Cuando somos niños, jugamos, inventamos juegos. El aliado, aunque no lo creamos, es el tedio.
Nos aburrimos y de inmediato inventamos una forma de no estarlo, corremos contra nuestra sombra, el piso es lava, somos piratas, vaqueros, astronautas, monstruos... si el juego es bueno y nos divierte, invitamos a alguien a que lo juegue con nosotros, a que se anime y viva ese mundo inventado, a que visite con nosotros ese castillo en el parque de juegos, o esa fortaleza embrujada...
Cuando crecemos, algunos escriben y se hacen preguntas que crean de nuevo esos mundos, hoy Saramago nos invita a jugar con una pequeña pregunta, ¿Y si la muerte ya no quisiera trabajar?