En teoría, la solicitud de extradición y la detención de alias “Jesús Santrich” no deberían representar un obstáculo para el desarrollo de lo pactado a partir del proceso de paz con las Farc-EP, y mucho menos una crisis, ni el regreso a la guerra, pues si los posibles delitos fueron cometidos con posterioridad al 1 de diciembre de 2016 -habrá de establecerlo la Sección de Revisión de la JEP, según el artículo 19 transitorio del Acto Legislativo 1 de 2017-, el sometimiento del ex negociador a la jurisdicción ordinaria y su eventual extradición no serían nada distinto de una aplicación práctica del Acuerdo Final firmado el 24 de noviembre de 2016 y de las normas expedidas para su implementación
Ahora bien, reconozcamos que tampoco el Estado ha cumplido varios de los compromisos contraídos. Como lo advirtieron sectores de opinión -siendo por ello tildados de "enemigos de la paz"-, eran demasiadas obligaciones las asumidas por el Estado, muy costosas y también de difícil planificación y ejecución. El Gobierno creyó equivocadamente que todo se circunscribía a las normas, que exigió fueran aprobadas sin reservas ni discusiones por el Congreso, y forzosamente declaradas exequibles por la Corte Constitucional, y aunque ese objetivo lo ha logrado en muy buena parte -aun en detrimento de la Constitución- era muy importante lo práctico, lo financiero, lo económico, lo administrativo. Cuestiones tales como la reforma integral agraria, el banco de tierras, la reparación a las víctimas, entre otras, son esenciales para que los desmovilizados y sus familias, y también las víctimas, tengan una mínima seguridad, así como para evitar deserciones y reinicidencias.
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