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La polarización política está moldeando nuestras emociones e identidad de formas sin precedentes. Los espacios de conversación cordial han desaparecido prácticamente. Un reciente artículo de Reflections, la publicación periódica de la Escuela de Divinidades de Yale, en Estados Unidos, explora las "barandillas espirituales" que, aunque nos guían y protegen, también pueden dividirnos. El teólogo Mark Beckwith, autor del artículo, nos invita a considerar el concepto de la mandorla, una figura artística de la Edad Media que simboliza la intersección de diferentes perspectivas y la posibilidad de una nueva comprensión. La fe cristiana capitaliza en la reconciliación, la esperanza y la fe en tiempos de profunda polarización. Quizás, sea momento para abrir el corazón hacia un enfoque menos belicoso y más compasivo a la hora de abordar nuestras diferencias.
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Charlamos con Sergio Recalde y Matías Rodriguez sobre liderazgo, el paso de los años trabajando en distintas áreas y como deberíamos adaptarnos ante cualquier escenario que se nos presente. ¿Dónde? Ac{a en La Vanguardia.
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El afinador de pianos
Cuando los González se trasladaron a uno de los mejores barrios de la capital, comenzaron a vender algunas de las cosas que no encajaban con la nueva casa. Vendieron los muebles porque, además de anticuados, no iban a hacer juego con los nuevos que necesitaban comprar. Se deshicieron de la alfombra debido a que era demasiado pequeña y estaba muy desgastada. Y decidieron cambiar el automóvil a causa de que el nuevo vecindario era diferente y mucho más aristocrático.
Hubieran vendido también el piano de no haber sido por Jaime, el menor de los hijos, que insistió en que lo dejaran quedarse con él.
—Es mejor venderlo —dijo el padre—. Está tan viejo que da vergüenza. ¡Y suena mal!
Pero Jaime, interesado en que el piano se quedara con la familia, repuso:
—¿Por qué no llamamos al afinador para que nos dé su opinión?
Esa misma tarde, llegó el afinador y examinó el piano. Por la noche, mientras la familia cenaba, se oyó una dulcísima melodía en la sala. El padre dejó de comer y le preguntó a su esposa:
—Estamos estrenando piano, ¿no?
—No, querido —respondió ella—; es el mismo piano. El afinador lo arregló esta tarde, y ahora nuestro viejo piano nos regala su música.
Desde ese día en adelante, el piano ocupó un lugar de preferencia en la casa de la familia González.
Así como el piano es un instrumento diseñado para ser tocado armónicamente, Dios diseñó al hombre y a la mujer para que fueran el fruto de una perfecta armonía de elementos físicos, morales y espirituales. Pero el pecado desafinó esa armonía, y perdieron la comunión con Dios y con sus semejantes, incluso con los miembros de su propia familia. Por eso envió Dios a su Hijo Jesucristo a este mundo para morir por los pecados de toda la humanidad. No había otro modo de restaurar la armonía que se había perdido.
De cierto modo, entonces, Cristo es el afinador del corazón humano. Todos los que permitimos que Él toque las teclas de nuestro corazón con sus manos benditas venimos a ser instrumentos de armonía constante. En cambio, los que no le damos la oportunidad de afinar nuestro corazón llegamos a ser como pianos disonantes de los que sus dueños quieren deshacerse y quienes los escuchan quieren alejarse.
La buena noticia es que, para tener el corazón afinado, sólo tenemos que invitar a Cristo a que venga para afinarlo. Y gracias a Dios, a diferencia de los mejores afinadores de este mundo, que con buena razón cobran una suma considerable por sus servicios, Cristo, el Afinador por excelencia, está dispuesto a hacerlo gratuitamente. De modo que no hay nadie que carezca de los medios para contratar sus servicios, aunque viva en el barrio más pobre del mundo. Porque fue para eso que Cristo dio su vida por nosotros, y es por eso que está ahora llamándonos a cada uno en particular y tocando con insistencia a la puerta de nuestro corazón. ¡Más vale que respondamos abriéndole la puerta de par en par e invitándolo a entrar!1
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net
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