"Nunca, nunca y jamás volverá a suceder que esta hermosa tierra experimente de nuevo la opresión de unos por otros...".
Esta es una de las frases más célebres del discurso de investidura de Nelson Mandela el 10 de mayo de 1994, el cual marcó el fin del régimen del apartheid en Sudáfrica. Bienvenidos a la geografía de la desilusión. Si ustedes abren hoy un dossier diplomático en Bruselas, en París o en Washington, Sudáfrica sigue siendo ese hermoso cuadro al óleo pintado en 1994. La épica del perdón, el milagro de la reconciliación, el líder santo de sonrisa inquebrantable y camisas estampadas. El fetiche moral favorito de cierta intelectualidad de Occidente.
Pero dejen el dossier sobre el escritorio. Salgan de su oficina o vivienda. Bajen a las aceras de Johannesburgo, caminen por los callejones de Pretoria o por los townships que rodean Ciudad del Cabo. Verán que el óleo se ha agrietado, que la pintura se cae a pedazos y que lo que emerge del lienzo no es la armonía, sino el color de la rabia. Hoy, señoras y señores, el aire en la punta sur del continente no huele a libertad. Huele a caucho quemado. Huele a carne humana carbonizada en el pavimento.
Movimientos ciudadanos reconvertidos en milicias urbanas como Operation Dudula, arropados por plataformas civiles con nombres tan marciales como March and March, han tomado el calendario y han dibujado una línea roja con rotulador grueso: el 30 de junio. Un ultimátum con todas las letras. Una orden de expulsión para que el «hermano» africano -así, entre comillas de grueso calibre-, ese que llegó huyendo de la miseria de Zimbabue, de las mafias de Nigeria o del olvido de Malaui, desaparezca del mapa. O se van, o los cazan..."