La arrogancia del «Lado Correcto de la Historia»
Existe un lugar idílico, flotando un par de palmos por encima de la vulgar realidad pedestre, donde no se debate, se pontifica. Es el hogar de los autodenominados "progresistas" de vanguardia, un selecto club de almas puras que no solo posee la verdad, sino que viaja con el viento a favor del destino. Ellos no defienden opciones políticas; ellos custodian el "lado correcto de la historia".
Y desde esa atalaya, el panorama debe de ser fascinante. Todo es asombrosamente simple: o estás con ellos en la senda de la iluminación, o eres un bárbaro acampado en los márgenes del neandertalismo intelectual. La complejidad del mundo moderno reducida a un selfi moral.
El rasgo más tierno —y a la vez alarmante— de este nuevo supremacismo moral es su absoluta falta de dudas. Mientras el común de los mortales lidia con la incertidumbre y los matices, el guardián del progreso ya ha dictaminado qué es lo justo, qué es lo estético y qué es lo que usted debería estar pensando si no quiere ser expulsado del Edén de la civilización. No se trata de debatir para convencer, sino de fiscalizar para excluir. La condescendencia es el idioma oficial de esta corriente. En este ecosistema, disentir no es tener un punto de vista diferente; es un síntoma de deficiencia moral.