El hombre pone sus esperanzas en los progresos humanos, pero se da cuenta de que todo se disuelve en las manos, porque su corazón está llamado a una esperanza viva. Jesucristo, esperanza luminosa, Dios, que se adentra en nuestra condición, vive nuestra vida y la transfigura, la convierte en camino a pesar de la muerte y conduce nuestra vida de Hijos de Dios a la meta que buscamos, que no es un espejismo sino una realidad. Cristo realiza nuestra esperanza, baja a nuestra condición de caminante para que al llegar al término a través de la muerte podamos decir: ese es el camino.