Era originario de Siria. Nació hacia finales del siglo I, y la grande reputación que ya tenía en la Iglesia hacia la mitad del siglo II es testimonio de la santidad con que pasó los primeros años de su vida. En aquel entonces la situación legal del cristianismo era enormemente precaria. Fue el duodécimo sucesor de San Pedro, gobernó la Iglesia once años, desde 155 a 166. Durante su pontificado tuvo que luchar contra las incipientes herejías, agrupadas bajo el nombre común del gnosticismo. En poco tiempo se vio libre el rebaño de las herejías. Descubiertos y confundidos los herejes, pronto instruyó y cultivó a su pueblo, y Roma, centro de la unidad y de la fe, lo fue igualmente de la santidad, y teatro de la virtud cristiana. Murió mártir hacia el año 166.