Apareció a la luz de una farola, arrodillada al pie de un árbol. La situación no es habitual y llama la atención. ¿Qué sucede? Viste un chaleco naranja que denota un vínculo con los servicios municipales, pero la imagen casi golpea la dignidad. Está recogiendo colillas. Las colillas que han arrojado transeúntes que no considerarían digna la pose. Y, sin embargo, ahí arrojan sus colillas. Pero hay más.
Se llama Judith. Accede a responder algunas preguntas, casi en voz baja, dibujando en el rostro un amago de sonrisa que deja entrever cierta vergüenza. Quizás por las preguntas, quizás por la curiosidad que ha despertado o tal vez por ese sentimiento que nace de aceptar tener que arrodillarse para recoger las colillas de otros. “Y yo no soy fumadora”, apostilla. La situación resulta irónica, casi un reflejo de lo absurdo de algunos discursos xenófobos que llaman a limpiar nuestras ciudades de inmigrantes, cuando son “nuestros” inmigrantes quienes se arrodillan para limpiar la basura de quienes no aceptarían ese rol.