San Juan Pablo II decía una frase preciosa: «El pudor es el respeto por el misterio de la persona.»
¡Qué verdad tan sencilla!
Cada uno de nosotros es un misterio. No somos un escaparate. No somos una imagen. Somos mucho más de lo que se ve por fuera. Tenemos un corazón, una historia, heridas, ilusiones... y, sobre todo, tenemos un alma que Dios ama infinitamente.
Por eso la modestia protege nuestra dignidad. Nos recuerda que no todo tiene que mostrarse. Que hay cosas tan valiosas que es mejor cuidarlas que exhibirlas.