En un mundo obsesionado con la búsqueda del confort inmediato, el éxito sin esfuerzo y la evitación a toda costa de cualquier incomodidad, las palabras de Jesucristo resuenan hoy más incómodas y revolucionarias que nunca: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga». A menudo, hemos reducido la cruz a una simple metáfora de la resignación pasiva ante los problemas de la vida, los dolores físicos o las personas difíciles que nos rodean. Sin embargo, para el cristiano primitivo, la cruz no era un adorno, sino el signo de una entrega total, un camino de no retorno. En este episodio titulado «Toma tu cruz y sígueme», nos adentraremos en el corazón de esta exigencia amorosa. Analizaremos cómo abrazar nuestra cruz no significa amar el dolor, sino amar tanto a Dios y al prójimo que estamos dispuestos a asumir las consecuencias, los sacrificios y las renuncias que implica vivir en la verdad y en el amor en medio de una cultura que camina en sentido contrario.