Hoy más que nunca, el mundo necesita personas que vivan como resucitadas: personas que lleven luz donde hay oscuridad, esperanza donde hay tristeza y amor donde hay división.
Vivir la Pascua no es solo recordar que Jesucristo ha resucitado, sino permitir que esa resurrección transforme nuestra vida. Ser “resucitados” significa dejar atrás el egoísmo, el miedo y el pecado, para vivir con esperanza, alegría y coherencia.
El 5.º domingo de Pascua nos recuerda que esa vida nueva tiene una señal concreta: el amor. No cualquier amor, sino el amor de Cristo: gratuito, fiel, capaz de perdonar y de darse sin medida.