Hace dos años, Susana Habra y Gladys Domínguez retomaron la iniciativa de compañeras de otras provincias. Al principio fueron cinco mujeres las que empezaron a bordar. Bordar luchas. Bordar nombres. Bordar memoria. Cada una desde su casa, puntada a puntada, como quien sostiene algo que no quiere que se pierda.
Lo que comenzó como un gesto pequeño fue creciendo. Hoy son casi sesenta personas en Santiago del Estero y hay voluntades desde distintas generaciones que se sumaron. Se reúnen para plasmar en tela los nombres de los desaparecidos de la dictadura, para que no queden en abstracto, para que no se diluyan en una cifra. “Ellos no son un nombre suelto”, dicen. “Tuvieron una historia de vida, una militancia, sueños de un país más igualitario”.
La idea ahora es clara: llegar al 24 de marzo con una bandera colectiva. Hacer dos bordados: uno para la marcha local y otro para enviar a Buenos Aires, donde los nombres santiagueños también estarán presentes. A cincuenta años del golpe, en un momento que definen como “muy especial para el país y el mundo”, sienten que la tarea de la memoria es urgente y trascendente.
Para ellas, bordar es más que una técnica. Es una forma de comprometerse con el recuerdo “con alegría”, de tomar contacto, de materializar ausencias. “Bordar, desbordar”, dicen, como si el hilo pudiera contener la emoción y, al mismo tiempo, dejarla expandirse.
En cada puntada hay energía, hay esperanza renovada. Porque la memoria —sostienen— no es mirar hacia atrás: es entender cómo llegamos hasta aquí y decidir, una vez más, empezar de nuevo.
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