Viene ungido por la familia Lim, la que tiene al Valencia contra las cuerdas hace más de una década y no sé hasta qué punto habrá margen para que alguien le exija responsabilidades. Primero, porque aquellos no saben de la misa la media. Y segundo porque, si de verdad ha venido para un último servicio y se jubila en dos años (o eso dijo, al menos) es impensable una exigencia a medio plazo a este señor. Pero no hay que esperar a que se jubile para denunciar que, en menos de un año aquí, Rob Gourlay ya ha evidenciado dos cosas: que va más perdido que el barco del arroz y que no tiene palabra. Me preocupan especialmente los bandazos en el tema del asesor deportivo para Corberán, la falta de dominio de los tiempos del mercado y la cacauà que han hecho con el fichaje de Dieng. Primero, apalabrado como desveló la SER el 29 de enero. Después, tras incluso someterle a pruebas médicas, llegar a descartar su fichaje. Y esta semana, después de descartarlo INSISTO, firmarle tres temporadas de contrato. El Valencia no tiene un CEO de fútbol, tiene un CEO del descontrol.