TAJO PAREJO DE ANTONIO FERNÁNDEZ
Madruga y se coloca la ropa de faena. Da un beso al niño y sale al poyo de la puerta. Enciende un cigarrillo mientras espera a la Vanette. Todavía está de noche, hace helor, guiñan algunas estrellas en el firmamento. A lo lejos oye el motor de la furgoneta; en el estuco de enfrente crece la sombra amarilla de los faros; en la quietud de la calle y del final de la madrugada se aproxima la voz limpia del locutor que da el boletín de las siete de la mañana. Apresurado, pega una última calada y se le chupa la cara. «¡Buenas!». La cuadrilla peina los mismos cortes de pelo que sus coetáneos, usa redes sociales, está a la última en tecnología; pero tiene algo que le diferencia: las manos. Recias, sufridas, callosas, desvaídas, cortadas por la lejía y el cemento. A la media hora llaman al timbre de una casa. Se enciende una luz hogareña en la ventana. «¿Quién?», pregunta una señora en bata. «¡Los albañiles!».