El mito de la mujer perfecta
La sociedad, los medios de comunicación y las redes sociales nos bombardean a diario para recordarnos lo imperfectas que somos. Nos imponen unos cánones de belleza irreales y antinaturales.
Para acercarte a esos cánones hay que invertir mucho dinero y tiempo, además de poner en riesgo la salud. Operaciones estéticas, comer poco, deporte, rellenos, maquillaje y peluquería.
Se nos exige, aunque a veces de forma implícita, ser supermadres, superhijas, superesposas, superprofesionales y superguapas. Ser modernas pero también tradicionales. Estamos sometidas a una crítica constante y, lo peor de todo, es que también nos atacamos entre nosotras. Nunca es suficiente, siempre hay algo mal.
Trabajar mucho y a ser posible en un buen empleo, pero sin que nos note el cansancio ni en el físico ni en la actitud.
Tener la casa impoluta y unos hijos magníficos.
Cumplir con todos y con todo, decir siempre que sí y participar en todos los eventos. Ser la mejor en todos los ámbitos y llevarlo con normalidad, sin quejas ni caídas.
Las mujeres que te venden como perfectas no lo son. Nadie lo es, es imposible porque somos humanas, somos personas y, como personas debemos ser felices, iguales y libres.
La conciliación entre la vida laboral, profesional y personal es otro mito. Que difícil y agotador es encontrar un equilibrio entre el trabajo, la familia y los mandatos culturales.
Por todo esto la lucha es importante. También porque estuvimos sin votar hasta 1931, no han pasado ni 100 años, porque tuvimos vetado el acceso a la universidad, porque se nos concibió únicamente como madres y si éramos madres solteras se nos señalaba, porque íbamos a prisión por adulterio (sólo nosotras), porque teníamos que pedir permiso para trabajar o para abrir una cuenta en el banco, porque nunca en este país ha habido una presidenta de gobierno.
Porque aún queda mucho por lograr, aquí y en todo el mundo.
Ni un paso atrás.