Aceptar que todo pasará puede parecer sencillo, pero nos cuesta comprender la naturaleza del cambio constante. La ley de la impermanencia nos recuerda que nada es realmente nuestro; lo que percibimos como propio es solo una manifestación temporal en el flujo de la vida. Aferrarse a lo transitorio es resistir el curso natural del universo, donde cada emoción, circunstancia y ser están destinados a transformarse. Al abrazar esta verdad, liberamos el apego y aprendemos a fluir con el cambio, confiando en que todo tiene su momento, y también su fin.