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El desarrollo de la conciencia cristiana es una parte muy importante en el discipulado y para crecer en la madurez. Debemos analizar continuamente nuestra conciencia, no sea que comience a trastornarse.
Nuestra fuente de motivación es nuestro Dios y Padre, creador y sustentador en quien podemos apoyarnos y aferrarnos confiadamente en este viaje de fe, sabiendo que nuestra seguridad la tenemos en Cristo.
Cuando estemos atravesando situaciones que nos decepcionen o avergüencen, no retrocedamos ni nos alejemos de nuestra experiencia con Cristo.
El amor de Dios por su creación es lo que impulsa a qué Él nos instruya, corrija, dirija y más ¿Estás abierto a escuchar el consejo de Dios?
Pero nuestro trabajo jamás podrá reemplazar la gracia de Dios. Su amor hacia nosotros es la fuente, el medio, y el final de todo lo que hacemos para volvernos a él.
Recordemos quiénes somos como hijos de Dios, sin exaltarnos a nosotros mismos, sino también reconociendo nuestra debilidad ante las buenas nuevas de Jesús.
A través de Jesús nos acercamos y nuestra relación son el Dios que es santo, es restaurada.
El evangelio que Pablo predicaba no era sólo un rayo de luz frente a las sombras. Era mucho más grande que cualquier confrontación o mala interpretación que pudiese enfrentar. Era el mismo poder de Dios para la salvación.
De acuerdo con el escritor de Hebreos, ganamos al correr la carrera que fue marcada para nosotros. Pero ganamos también, al mantener nuestra mirada fija en Jesús.
Los cristianos que son maduros, son generosos con sus finanzas, ofrendas y diezmos; viven una vida de compasión y servicio; y generosos al participar en la misión y los propósitos de Dios.
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