Que Cristo resucite no significa que recobre la vida perdida, sino que recupera su vida de hombre pero totalmente investida de su vida de Dios, sin limitaciones en el espacio ni el tiempo.
Cristo nos invita a participar en su misterio como culminación de un proceso que se inicia con nuestra creación, arranca con nuestro bautismo y se desarrolla a lo largo de nuestra vida, y tras la muerte, nos convoca a participar de su misma resurrección.