ARTHUR R. BUTZ
Los "juicios por crímenes de guerra" a los que sometieron los vencedores de la
Segunda Guerra Mundial (SGM) principalmente a alemanes, pero también a muchos
japoneses, sentaron un precedente pasmoso por su alcance y por lo inequívoco de las
acusaciones de las potencias victoriosas al hacer uso de ciertos legalismos o
presupuestos que no existían cuando fueron supuestamente violados por las potencias
del Eje. De este modo, despreciando todos los códigos de honor europeos respetados
durante siglos, prisioneros alemanes civiles y militares, muchos de alta graduación, fueron
objeto de muerte violenta durante su detención por los aliados como consecuencia de tan
extraordinarios procedimientos.
Nunca antes había sucedido algo parecido a los juicios que los enemigos de
Alemania hicieron entre 1945 a 1949. Quizá el caso de Juana de Arco, pero entonces
sólo había implicada una prisionera y no una nación entera, y los ingleses, que fueron
según los últimos estudios los responsables del proceso, hicieron cuanto pudieron para
que la condena por delitos de herejía y brujería (hoy ya proscritos) fuera decidida por una
Iglesia universal e imparcial, de acuerdo con las reglas ya existentes de pruebas y
procedimientos.
En los Estados Unidos, auténtico padre de los juicios, las opiniones acerca de la
conveniencia de éstos siempre han estado divididas, pero el balance ha sido distinto. En
el periodo inmediato de la postguerra la opinión generalizada estaba a favor de los juicios
con algunas importantes personalidades en contra. En medio de la acadabrada campaña
electoral de 1946, justo antes de que los nazis más importantes: Goering,Ribbentrop,
etcétera, fueran a la horca, el senador Robert A. Taft pronunció un discurso atacando las
bases legales de los juicios, así como las sentencias impuestas; su discurso parece que
perjudicó a su partido, el Republicano, en aquellas elecciones.
Una década después, lógicamente los puntos de vista habían variado algo, ya que
en aquellos tiempos el entonces más claro candidato a la presidencia, John Fitzgerald
Kennedy, publicó un libro, "El perfil del valor" (un examen de varios personajes a los que
el senador Kennedy creía valientes) en el cual alababa a Taft por mantener esa postura,
añadiendo que sus opiniones "eran hoy compartidas... por un número importante de
ciudadanos americanos" (1).
Con el secuestro de Eichmann en 1960, su posterior "juicio" y la publicidad que
recibió más tarde, parece que las opiniones variaron de nuevo, aunque lentamente, hacia
una aprobación de los juicios. Este cambio extraordinario puede justificarse de muchas
maneras, pero creo que lo sucedido es que en tiempo de paz, cuando por lo general no
hay un ambiente de histeria, la atención del mundo se había centrado en un relato
especialmente macabro: el asesinato por los nazis de varios millones de judíos (por lo
general, seis) de toda edad y condición durante la guerra, como parte de un programa
encaminado a eliminar a los judíos europeos. "La solución final", de Gerald Reitlinger, 2ª
edición (1968), es comúnmente aceptada como la exposición más detallada y asequible
de esta acusación y "La destrucción de los judíos europeos", de Raoul Hilberg (1961),
dice esencialmente lo mismo. Otras obras son "El Holocausto", de Nora Levin (1968),
varios libros de León Poliakov, y el muy reciente "La guerra contra los judíos, 1933-45", de
Lucy S. Dowidowicz (1975).
Volviendo al tema de lo adecuado de los juicios por crímenes de guerra, todo el
mundo estará de acuerdo en (por lo menos) buscarles un fundamento legal, pero al
parecer mucha gente protestaría diciendo que los juicios eran, en cualquier caso,
necesarios porque los excesos normales en tiempo de guerra no tuvieron nada que ver, y
por tanto la extraordinaria naturaleza del crimen; el extermínio de los judíos europeos ,
requería procedimientos extraordinarios. El argumento falla en que una crueldad
semejante no sólo debe ser castigada, sino también estar documentada.
No me he propuesto en este libro traer a colación la cuestión de qué grado de
crueldad justifica qué grado de irregularidades, sino más bien un punto sobre el que se
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BUTZ : La Fabula del Holocausto
habla pocas veces y que es importante para debatir el tema: el hecho de que sin las
pruebas aportadas en los juicios, no habría evidencias signifitivas de que el programa de
exterminio de judíos existiera alguna vez. Uno no tiene más que examinar las fuentes
citadas por Hilberg y Reitlinger para darse cuenta de ello. Si los juicios no hubieran tenido
lugar, una persona que pretendiera la existencia del programa de exterminio no hubiera
podido, si fuera necesario, mostrar prueba alguna salvo unos pocos libros (sin incluir a
Hilberg y Reitlinger) cuyas acusaciones son tan poco sólidas como la suya. Por tanto el
problema de juzgar o no el exterminio de judíos no es una simple cuestión de si es o no
un asesinato masivo, sino solamente de un caso de asesinato sobre el que hay legítimas
y sólidas dudas acerca de si se llevo a cabo.