En el programa 'Poniendo las Calles', Carlos Moreno 'El Pulpo' y Rosa Rosado han profundizado sobre la estrecha relación entre alimentación y longevidad con la ayuda del doctor Manuel Joaquín Castillo, endocrino, catedrático de Fisiología Médica en la Universidad de Granada y presidente del comité científico de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad. El principal problema, según los expertos, es que comemos mucho más de lo que necesitamos, concretamente entre un 30% y un 40% más, un exceso que no solo nos hace engordar, sino que también acorta la vida.
El doctor Castillo subraya que comer mal no es solo consumir productos poco saludables o ultraprocesados, sino también comer en exceso. Este sobrante de alimentos debe ser metabolizado, quemado o acumulado, y en ambos casos, los productos resultantes de ese metabolismo o la propia acumulación resultan tóxicos para el organismo. Como se suele decir, “no hay nada, por bueno que sea, que en exceso lo siga siendo”.
Aunque un consumo de 2.500 calorías diarias puede considerarse aceptable para una persona moderadamente activa, el problema de fondo es que nuestro cuerpo no está diseñado para la abundancia actual. “Nuestra fisiología, que es cómo funcionamos, está diseñada como es en la actualidad desde hace unos 100.000 años”, explica Castillo. En aquel entonces, conseguir alimentos requería un gran esfuerzo, por lo que el ser humano está preparado para comer mucho menos.
En los últimos 100 años, nos hemos encontrado con una disponibilidad casi ilimitada de alimentos sin apenas esfuerzo. Esta facilidad provoca que comamos por rutina, aburrimiento o por un impulso emocional, en lugar de por hambre real. Si tuviéramos que salir a buscar la comida como nuestros antepasados, probablemente comeríamos la mitad, eligiendo opciones más sencillas y nutritivas, como demuestra la alta densidad nutricional de alimentos como las sardinas.
Además, existen diferencias individuales. Ante un mismo plato, hay personas que, por su genética y epigenética, tienden a acumular lo que comen en forma de grasa, mientras que otras lo queman. Sin embargo, el doctor advierte que ninguna de las dos situaciones es beneficiosa. Si se quema, “se produce un exceso de de de sustancias que resultan tóxicas, radicales libres, productos de glicación avanzada, metabolitos que hay que eliminar”.
Tenemos la tendencia a pensar que el envejecimiento es cosa de personas mayores, pero el proceso comienza mucho antes. “Empezamos a envejecer cuando dejamos de crecer. Empezamos a perder capacidad funcional en torno a los 20 años”, aclara Castillo. Esta pérdida es progresiva y silenciosa al principio, pero se acelera con los malos hábitos.
El punto de inflexión suele llegar entre los 40 y 50 años, cuando la pérdida de células funcionales se hace más evidente. Las células restantes se ven obligadas a trabajar más, se agotan y el cuerpo ya no responde igual. Es en esta etapa cuando la resistencia a la insulina, la prediabetes, la diabetes y las enfermedades cardiometabólicas comienzan a manifestarse como consecuencia de los excesos acumulados.
A partir de los 40, el cuerpo ya no perdona tanto, pero la buena noticia es que nunca es tarde para empezar a cuidarse. Las claves son comer mejor, controlar las cantidades y aumentar la actividad física. Es fundamental dejar de ser sedentarios e introducir entrenamiento de fuerza, ya que el músculo es salud y su pérdida se acelera con la edad. Por ello, los expertos coinciden en que es muy recomendable entrenar a la máxima velocidad posible para mantener la masa muscular.
La herramienta más eficaz para aumentar la longevidad es la restricción calórica, es decir, el ayuno. Este proceso “pone en marcha una serie de mecanismos fisiológicos por el cual el organismo reutiliza todo lo que puede para hacer frente a sus necesidades”, un concepto conocido como autofagia. No es necesario realizar ayunos extremos; una estrategia sencilla es compensar las comidas copiosas, por ejemplo, no cenando o no desayunando al día siguiente.
En definitiva, el problema no es solo lo que comemos, sino la constancia con la que comemos. El cuerpo necesita descansos para repararse y funcionar de manera óptima. Cuidarse no implica pasar hambre, sino encontrar un equilibrio y entender que, en materia de alimentación y longevidad, a veces menos es más.