Sagrada Escritura recuerda que “Mucho puede la oración del justo”.
Esto fue la vida constante de Santa Mónica que celebramos hoy.
Nacida en Cartago, en el Norte de África en el año 331. De muy
joven, siguiendo la costumbre de entonces, es dada en matrimonio a un
hombre llamado Patricio, muy rico y de costumbres paganas.
Ella
insiste en la oración pidiendo con ruegos por su esposo, al que
logra convertir en el lecho de muerte, así como a su suegra. Parece
que las cosas iban bien, pero viene la siguiente prueba. Y es que
Agustín, el hijo mayor, toma la senda de abandonarse a las
realidades del mundo.
La madre no puede soportar las atrocidades del
hijo que, en apariencia, es educado, pero su desorden deja que
desear. Tras mucho tiempo angustiada, empieza a tener consuelo en un
sueño. En él llora viendo a su hijo en otro barco distinto, pero
una Voz confortante le dice que “un día estarán en el mismo barco
madre e hijo”.
En este periodo de tiempo viajan a Italia,
estableciéndose allí. Ella también había acudido, por entonces, a
ver a un obispo con fama de Santidad que había allí. Se trataba de
San Ambrosio de Milán. Cuando llega a verle y le cuenta su triste
historia le consuela con aquella célebre frase en la que le asegura
que “un hijo de tantas lágrimas no puede perderse”.
Una vez que
logra lo que había pedido se siente colmada de muchos dones. Madre e
hijo, junto al otro hermano, viven unidos en sana felicidad. El
mismo año -387- en que el hijo se bautiza ella contrae unas duras
fiebre. Santa Mónica muere dando gracias al Señor de todo corazón
por su consuelo y favor recibido.