Carta de San Juan de Ávila (n.º 102) dirigida a una señora muy probada, para animarla a aceptar la cruz. San Juan de Ávila explica que el verdadero amor, especialmente el amor de Dios, se prueba en los trabajos y sufrimientos, como el oro en el fuego, y que la cruz está inseparablemente unida a Cristo, por lo que quien quiere a Cristo ha de abrazar también la cruz. Pone como ejemplo a profetas, apóstoles, mártires y santos, que fueron perseguidos, humillados y probados, pero resultaron preciosos a los ojos de Dios, enseñando que no se puede descansar en esta vida y a la vez poseer a Dios viviendo “a nuestro querer”. Invita a vivir la fe “a ojos cerrados”, sin confiar en el propio juicio ni murmurar contra los caminos de Dios, aceptando incluso el “desierto” de la vida como lugar de purificación, obediencia sencilla y sabiduría escondida. El padre Suárez aplica el mensaje a las cruces personales, sobre todo las más ocultas e incomprensibles, insistiendo en que Dios no quiere el mal, pero permite ciertos sufrimientos para hacernos más agradables, relucientes y ciudadanos del cielo, como le sucedió al propio San Juan de Ávila en su encarcelamiento. Concluye animando a los oyentes a no huir de la cruz, sino a abrazarla al ritmo de Dios y no del propio deseo, dando gloria a Dios en las tribulaciones, y encomienda a todos a la intercesión de San Juan de Ávila.