David sufre el mal de luna, viendo cómo sus miembros se alargan, sintiendo cómo sus huesos crujen, comprobando cómo la razón se marcha, y con ella la palabra. Es el primer paso hacia la ruta de la sangre y la carne, una auténtica metamorfosis que rasga el alma, enseñando el rostro de la bestia que los aldeanos intentaban ocultar por el miedo a lo desconocido.