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El Beato Pedro de Luxemburgo murió joven, pero siempre vivió con fama de santidad, obedeciendo y cumpliendo las misiones que se le iban dando. Enfermó, pero incluso en la enfermedad dio testimonio de fe y esperanza en Nuestro Señor y la Santísima Virgen.
El Beato Ignacio fue un hombre de la vida religiosa que nunca se ordenó sacerdote porque no se sentía digno. Fue pionero del ecumenismo, pues hizo amistad con ateos y protestantes, convirtiéndoles poco a poco mediante el amor y la razón, registrándose más de 600 bautizados gracias a él. Se caracterizó por una vida en silencio, orante, siendo un hombre de confianza para todos los que le conocían. Murió a los 52 años en 1865.
Estos primeros santos mártires fueron acusados de haber causado el incendio de Roma en el año 64, por haber desobedecido a los dioses. Por orden el emperador Nerón, unos fueron asesinados después de crueles tormentos, otros cubiertos con pieles de fieras y entregado a perros rabiosos, y los demás, tras clavados en cruces, fueron quemados para que alumbrasen la oscuridad de la noche. Eran todos discípulos de los Apóstoles y fueron las primicias del martirio que la Iglesia de Roma presentó al Señor.
Simón, que recibió el nombre de Pedro (Kephas) directamente de Jesús para constituirlo como la piedra sobre la cual fundaría su Iglesia, fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Recibió las llaves del Reino y el poder de atar y desatar para confirmar al rebaño de Jesús. Sus 3 negaciones, de las cuales se arrepintió, no fueron causa de que perdiera su llamado, más bien le sirvieron para experimentar el amor y la misericordia de Jesús.
Saulo de Tarso, cuyo nombre también Cristo cambió a Pablo, era perseguidor de los cristianos, pero tuvo un encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Desde ese momento cambió su vida y la entregó por entero a Nuestro Señor, convirtiéndose en el apóstol de los gentiles, y quien, en sus múltiples viajes misioneros, fundó la Iglesia y esparció el Evangelio por Medio Oriente, Asia Menor y Roma.
Ambos fueron martirizados en Roma, convirtiéndose en los pilares indispensables de nuestra Santa Iglesia.
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