Hay una fábula antigua que, con pocas palabras, explica una verdad profunda.
Una gallina y un cerdo caminaban juntos cuando la gallina dijo con entusiasmo:
—Deberíamos abrir un restaurante.
El cerdo preguntó qué servirían.
La gallina respondió sin dudar:
—Huevos con jamón.
El cerdo se detuvo, la miró y dijo con calma:
—Para ti sería una contribución. Para mí sería un compromiso.
La gallina puede dar huevos cada día sin perder nada.
El cerdo, para cumplir, tendría que darlo todo.
Ahí nace la diferencia que define a las personas.
Participar es estar cuando es cómodo.
Comprometerse es quedarse cuando pesa.
Es avanzar aun con miedo, sostener aun con cansancio y no retirarse cuando el camino se vuelve difícil.
En la vida, en el trabajo, en la familia y en los sueños,
muchos levantan la mano,
pocos ponen el alma.
Porque el compromiso exige constancia, carácter y responsabilidad.
Pero también es lo único capaz de convertir ideas en hechos
y sueños en legado.
No basta con estar.
Hay que comprometerse.
Porque solo quienes lo hacen de verdad
construyen algo que trasciende.