Con un estilo directo, violento desde el snobismo radical de sus personajes, Ellis retrata a la élite como nadie ha conseguido: niñxs mimadxs con problemas del primer mundo, egocéntricxs, caóticxs, maleducadxs. pero también vulnerables, con mucho miedo al fracaso, y con una falta de cariño exagerada.
Las máscaras de su frágil narcisimo caen cuando ya no hay fiesta, cuando el ruido se apaga y queda al descubierto el vacío de su interior. Y es precisamente en glamourama (1998) donde Ellis lleva esta idea al extremo: un mundo donde la identidad es puro escaparate, donde todo es superficie, hasta el punto de que ya no queda claro qué es real y qué es representación.
Ese universo no está tan lejos de muchas organizaciones actuales… ¿Te resuena?
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