Orientamos y formamos a los estudiantes a partir de un saber didáctico, pero esencialmente desde
un conocimiento propio y específico que, enlazado con el “hacer”, no se reduce a un simple saber
que incluye un hacer, sino que se define como un saber arquitectónico propio y específico que
determina una concepción artística, técnica y también social de la arquitectura. Esta noción no es
unívoca, es problemática, y cuando nos damos cuenta de la ambiciosa generosidad de contenidos
que propone nuestra práctica docente advertimos que estamos frente a un problema filosófico,
no un problema meramente didáctico y técnico. La arquitectura como pensamiento y experiencia
trasciende la simple resolución de problemas técnicos y se hace presente como forma de
conocimiento y como un modo de relación con el oficio y la cultura arquitectónica. Convertir la
cuestión de enseñar arquitectura en un problema ético y filosófico modifica también la secuencia
tradicional de la didáctica de la arquitectura, que privilegia el “cómo” enseñar, para poner en
primer lugar interpretar y comprender qué enseñar. El ¿qué? involucra una toma de posición
reflexiva frente a la arquitectura que se vincula directamente al qué enseñar y cómo enseñar.