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Cuán alentador es saber que ante situaciones limitantes podemos acudir al Altísimo para que él pueda suplir nuestras necesidades.
Tan ciertamente como el sol disipa las tinieblas, Dios puede despejar toda sombra del alma.
Tenemos una invitación abierta para encontrar a Dios en las páginas de su Libro, porque en Jesús, Dios nos ha hablado con voz tan alta, que es difícil de ignorar.
Como hijos de Dios podemos demostrar tangiblemente a los hombres de nuestro entorno que Dios los acepta y considera de máximo valor.
La lujuria es un exceso que desgasta la vida y distorsiona los valores del espíritu.
¿Estás viviendo de tal manera que la segunda venida de Cristo te llene de confianza y no de vergüenza?
Mientras pronunciamos las palabras de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ¡cuán a menudo cerramos nuestro corazón a la necesidad de nuestro hermano!
El que confía en la bondad de ese Dios de amor, podrá descansar en paz a pesar de los problemas o las contrariedades que agobien su corazón.
Un mundo donde las personas estén más preocupadas por la reputación de los demás que de la propia, sería un lugar más que hermoso.
Lo que en un principio parece tan atrayente y excitante, tan novedoso y entretenido, cuántas veces termina siendo la ruina de la vida.
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