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Sin fe es muy fácil iniciar el camino descendente que lleva al fracaso y a la ruina.
Mientras que el orgulloso no tiene lugar para Dios en su corazón, el humilde, en cambio, reconoce sus limitaciones.
Al elegir alimentos que nutren nuestro cuerpo, honramos a nuestro Creador y cuidamos del templo que Él nos ha confiado.
La fe nos ayuda a cuidar y desarrollar mejor las riquezas de la vida y la salud, del amor y el servicio, del hogar y la familia, y aun de las posesiones materiales.
Los contratiempos de la vida son inevitables, pero la actitud con la que los enfrentamos puede servir como testimonio de nuestra confianza en Dios.
La auténtica alegría de la vida no se consigue con dinero, con renombre o con cualquier otra ventaja exterior, sino cuando el corazón se llena de amor.
Dios no desea que las personas sufran, pero a veces su plan implica dejar que el mundo coseche las consecuencias de su rebelión lo suficiente como para salvarlos sin forzarlos.
¡De cuántas otras cosas se desprende una madre a lo largo de su vida, por amor a sus hijos!
Si estamos confiando más en la persona de Dios que en lo que podemos obtener de su depósito de bendiciones, nunca perderemos la esperanza.
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