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Cuando tratas a tu prójimo con desdén o con una mirada fría y airada, estás practicando una forma de homicidio, porque el mensaje que les envías es que sus vidas no son tan valiosas como la tuya.
¿Cómo podrías reconciliarte con Dios si no has querido reconciliarte con tu vecino o tu compañero de trabajo?
Cuánto bien podríamos hacer a nuestro prójimo con decirle apenas unas pocas palabras de aliento y comprensión.
La conocida “Regla de Oro” nos dice que todo lo que queremos que los demás hagan con nosotros, eso mismo debemos hacer con ellos.
¿No hemos visto a personas que, frente al primer problema que se les presenta, lo ven todo negro y ya se preparan para fracasar?
Las palabras finales de Cristo a la humanidad, no harán referencia a la teología, sino a los hechos prácticos de la vida cotidiana.
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