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Así como tus diez dedos están unidos a tus manos, los mandamientos de Dios están todos conectados a la única gran ley del amor.
La cortesía es tener una consideración auténtica que fluye espontáneamente, no importa en dónde o con quién estemos.
Quizás es hora de que nos preguntemos si el éxito de la industria del entretenimiento justifica la lista de desastres personales que provoca.
Muchas veces Dios usa a seres humanos —a ti y a mí— como catalizadores en producir el cambio.
Si todos amáramos a los demás como a nosotros mismos, nuestras acciones serían diferentes.
¿De qué hablan cada día nuestras manos, en el trabajo, en la escuela, o en el hogar?
Dios es el Creador, y no hay poder capaz de competir con él.
¡Cuántos males podríamos evitarnos, y cuántas de nuestras bondades podrían ser mucho mayores, si cultiváramos el valioso hábito de hablar cada día con nuestro Padre celestial!
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