Le tenía pavor a la muerte desde niño. A los pocos años, jugando béisbol con su hermano Joaquín, una pelota le pegó en la cabeza y lo mató al instante. Agustín lo vio. Desde entonces, nunca más quiso hablar de funerales, ni visitar cementerios, ni siquiera nombrar a quienes se iban.
Sin embargo, paradójicamente, Agustín Lara compuso algunas de las canciones más tórridas, desgarradoras y melancólicas del siglo XX.
Vivió entre burdeles, cabarets y cárceles. Tocaba el piano por cuatro pesos al día en un restaurante llamado Salambó, donde la dueña le rentó un cuarto porque sabía que vivía en una vecindad.En ese lugar conoció a una joven de ojos grandes, boca pequeña y pies diminutos: Maruca Pérez, que cantaba tangos como nadie. Ella se convirtió en la primera intérprete de Agustín Lara y, juntos, hicieron historia al presentarse por primera vez en una estación de radio: la XEB, la emblemática "Estación del Buen Tono", que hoy sigue al aire con más de un siglo de vida. Aquella transmisión duró media hora; les regalaron una polvera a ella y una cigarrera a él.Maruca murió muy joven, pero Agustín pagó por décadas su tumba, con flores y un farolito siempre encendido.
Los restos de Agustín Lara descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres, bajo una estatua que alguna vez fue robada y recuperada, y un epitafio que él mismo escribió casi treinta años antes de morir: “Mis pobres manos, alas quebradas”.
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