Casi todo lo que creemos saber sobre el dharma se cae en el momento en que hay que aplicarlo. Sabemos definirlo, sabemos citarlo, pero rara vez sabemos reconocerlo cuando aparece disfrazado de una decisión pequeña y sin importancia.
Al final del Mahabhárata hay una escena que lo explica mejor que cualquier definición. Yudhishthira llega a las puertas del cielo habiendo perdido todo: el reino, sus hermanos, su esposa. Solo lo acompaña un perro que se le unió en el camino. Indra le ofrece entrar. Al perro, no. Y él se queda afuera.
No hay nadie mirando. No hay recompensa posible. No hay una regla que lo obligue.
Quizá el dharma no se mida por lo que estás dispuesto a hacer cuando alguien lo va a reconocer, sino por lo que haces cuando nadie se va a enterar y no hay nada que ganar.